martes, marzo 07, 2006

 

Charming Caspa (III): McGyver


Al igual que los demás protagonistas de esta serie, Charming Caspa, sobran las presentaciones sobre este personaje de ficción que marcó nuestra infancia, tan lejana ella a estas alturas. McGyver no es sólo el sucesor en versión individualista del 'Equipo A' y el germen de 'Bricomanía'.

McGyver es, además, el culpable de que a finales de los ochenta se generalizase un peinado que, tiempo atrás, sólo habría sido imaginable en niños con nombres tales como Jonathan, Joshua o Christian. Estábamos, sin duda, en la antesala de ese fenómeno homogeneizador y portador de estéticas aberrantes conocido como globalización. Probablemente, tras esta serie estaba la CIA, tratando de contrastar hasta qué punto una monstruosidad capilar como la que lucía McGyver era capaz de ser absorbida por la masa, por la turba de niños sentados frente al televisor con su bocata de Tulipán.

Pero McGyver también trajo consigo otros problemas, más allá de su crimen visual. Dejando a un lado su melodía facilona e insoportable, de ésas que pretenden ser heróicas a base de infinitos redobles de tambores con acordes en clave mayor por encima, a parte de eso, esta serie fue la culpable de cruentas batallas de los niños con sus madres.

Y es que, en la medida en que todos los niños querían parecerse a McGyver, no les bastaba con lucir su leonina cabellera estilo polígono La Rosilla, sino que además, necesitaban emular a su ídolo acumulando toda la roña posible en sus uñas. Las pérdidas para la industria del jabón, por aquellos años, debieron de ser terribles...

A todo esto hay que añadir aquello de '¿jugamos a McGyver?'. Jugar a McGyver, entre mi grupo de amigos, sólo podía ocurrir cuando nuestros padres nos dejaban sólos en casa. Entonces, acudíamos al frigorífico y al armario del cuarto de baño a hacer mejunjes de todo tipo: Coca-Cola, leche, espuma de afeitar, colutorio, escupitajos, un poco de zumo, pis... todo valía. Al final, nunca sabíamos qué hacer con nuestra explosiva creación. La olíamos y poníamos cara de asco y solía acabar lanzada por una ventana a ver si le caía a algún coche de los que había aparcados debajo de casa.

En fin, a parte de estos recuerdos de la infancia, McGyver nos ha dejado otros momentos que os invito a rememorar. Es el caso de un capítulo en el que acude al País Vasco. La representación de ese 'pueblo', que pulula semidesnudo por el monte, que se entrena a pecho descubierto pero siempre con boina y que gruñe cuando se enfada es de las que deja huella. Una mezcla explosiva entre cualquier vídeo de la FAES y las escenas de Al-Qaeda entrenándose en las montañas de Afganistán.

McGyver en Euskadi, ahí va, pues

Regurgitaciones:
Joder, mira que me he reido, UN TURISTA AMERICANO TOMADO COMO REHEN POR LOS VASCOS? JUAS JUAS JUAS, estos se creen tan valiosos como para ser secuestrados en todos los putos lugares del mundo jajajajaja, qué tristes son, coño.

Lo de las boinas es demasiado, hasta chalecos les han puesto que, ni haciendo ejercicio como las tropas de Mao, se quitan.

Y la cara de ella cuando ve entrar al McGiver, es un puto poema, casi se lo come...a besos.

Una bomba atómica? juas, juas, juas...

Lo más sutil es cuando los supuestos vascos comienzan a hablar entre ellos "escaronkaseta yeah, escaronkaseta yeah", "Gotea, Gotea", "ie, ie, dite..."

Bajan por la cuerda sin guantes...

Y cuando bajan los vascos y comienzan a gritar IAIAIAIAIAIAIAIAIAIAIAIAIAIAIAIA...
JAJAJAJAJAJAJAJAJA

Y ¿cómo estos supuestos paletos vascos comienzan a perseguirles en unas zodiacs?

- ESTAMOS RODEAD@S...
- Tranquil@ tengo un chicle.
 
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