lunes, febrero 13, 2006

 

Réquiem por una ex tocapelotas

Zorra, puta, hija de la susodicha, guarra... son muchos los adjetivos que podría dedicar a esta mujer, pero por la habitualidad con que éstos se emplean y porque, quiero pensar, lo normal no es encontrarse con gente de esta calaña, consideré que la mejor forma de despedirme de ella para siempre era utilizando una palabra más refinada y rebuscada, eso sí, cargada de imprescindible crueldad.

- No quiero verte más porque eres una pusilánime
- ¿Qué? ¿Pusilánime?
- Sí, pusilánime

Ella sabía que no se trataba de un piropo, pero lo cierto es que apostaría cualquier extremidad de mi cuerpo a que su conclusión, más que tener origen en conocimientos profundos de etimología castellana, se basaba en el hecho de que había pronunciado la palabra de marras con un tono que, cuando menos, podría definirse como furibundo.

Así pues, en su rostro se reflejaba una doble dimensión de ofensa. Por un lado, la de
aquel que se sabe tocado por un insulto, y por otro, la del frustrado que no sabe cómo defenderse de tal agravio porque ignora el alcance real de la agresión verbal.

- Pero, pero...
- Ni pero ni limón. Quiero que te vayas de mi vida de una puta vez.
- Ya, pero... ¿qué coño es pusilánime?

Podría pensarse en su descargo que la curiosidad, el interés por seguir aprendiendo a sus casi treinta años de edad, era tan potente que, en lugar de centrar su atención en el hecho de que estaba mandándola a la mierda, lo hizo sobre la forma en que había manifestado tal ruego.

Sin embargo, los nueve meses que habían pasado desde que nos conocimos, me daban un bagaje de experiencia lo suficientemente amplio como para poder aseverar que la verdadera razón por la que tenía interés en conocer el significado de pusilánime, lejos del filológico, tenía más que ver con el pavor que le provocaba pensar que podía estar refiriéndome a su forma de vestir o a alguna acumulación indeseable de grasa en cualquier parte de su cuerpo.

Tal era la circunspección facial que presentaba que, por un momento, aparté de mí la sensación de arcada que me provocó la confesión de su última tropelía y, teniendo en cuenta que cabía la posibilidad de que interpretase pusilánime como una alusión terrorífica a su parte estética, decidí ahí mismo abrir el portátil, conectarme al wi-fi desprotegido del vecino y acceder a la web de la RAE para que, por ella misma, comprobase que podía estar tranquila.

Por un lado, noté cómo respiraba aliviada, en la medida en que la primera lectura de la definición de la palabra parecía despejar cualquier alusión a su físico. Luego, tuve que esperar unos cuarenta y cinco segundos para que realizase las demás lecturas necesarias hasta llegar a una comprensión del concepto. Me dio tiempo a encender un pitillo hasta que levantó la cabeza, me miró y se puso la mano en la nuca para decirme:

- Yo no soy así.
- ¿Ah, no? Dime por qué no.
- No sé, pero yo no soy así.
- Pues yo sí sé por qué eres así... vamos, me lo has demostrado demasiadas veces desde que te conozco.
- ¡No es verdad!
- Hala, vale, ya está. Para ti la perra gorda.
- Joooo

Sus “jooo” siempre venían empujados por el sonido de una especie de puchero intantiloide. Algo así como si fuese dicho por Leticia Sabater. Y además, sus “jooo” solían manifestarse cuando le terminaba dando la razón y era perfectamente consciente de que no la tenía.

Cada vez que una conversación tomaba estos derroteros, se terminaba haciendo un breve lapso de silencio. El suficiente para que sus sinapsis hallasen la artillería pesada de la autocomplacencia y el posterior chantaje emocional.

- Jo, es que ya sabes que no sé muy bien lo que quiero... que estoy confundida por todo lo que me ha pasado. Pero en ningún momento he querido hacerte daño, de verdad.

En ningún momento ha querido hacerme daño. Me ha regalado una colección completa de sombreros de mangas que ni en los coleccionables de Planeta de Agostini y cada vez que le he pedido que por favor desaparezca, ha vuelto lloriqueando y con la cabeza gacha, balbuceando un “lo siento”. Pero oye, sin querer, eh. Eres un negro de mierda, pero con cariño, eh. Te huele el aliento a perros muertos, pero lo digo sin ofender, eh...

¡Si seré desagradecida!. Que sí, que la niña me ha destrozado los nervios en los últimos meses de mi vida, que le ha dado la vena flamenca y se ha puesto a bailar soleás sobre mi dignidad. Vale, es verdad. Pero ha sido sin querer. Entiéndela. Pobrecilla. ¿No te das cuenta de que sólo es una víctima de la sociedad?

¿Qué clase de persona soy? Mi egoísmo me ciega y no soy capaz de atisbar que la culpa de todo la tienen sus circunstancias. ¿Qué coño? La culpa de todo debe de ser mía y merezco que, sin querer o queriendo, me trate como a una escobilla del wáter.

Regurgitaciones:
Madreee!! A lo mejor hice mal en pedir más..
Cuando dejé a mi ex le dije que debía aprender a ser más veraz, me puso cara de póquer y yo no tenía ni wi-fi ni RAE, pero qué bien me habrian venido!
A tirar palante que patrás, ya jodió bastante (Bebe dixit).
 
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Nena, muy bien mandada a la puta rue, pero si la pobre es pusilánime, cómo quieres que se enfrente con seriedad a tu verborrea universitaria?
 
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Solo pu-puedo decí una cosita:

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